Adler pensaba que la clave para comprender el comportamiento de una persona no está en la etiología, las causas y circunstancias, sino en la teleología, los objetivos. No preguntó “¿por qué?” sino ¿para qué?”. Estamos acostumbrados a buscar una razón a nuestras situaciones y sentimientos, y por eso nos parece lo natural. Pero el pensamiento etiológico muchas veces libera a la persona de responsabilidad, porque siempre es posible encontrar el origen de su situación y angustia en acontecimientos pasados o en los fracasos de sus padres. El principio de la teleología es otra manera de comprendernos a nosotros mismos, nuestras intenciones y los resultados de estas intenciones.